25/03/2013

Desde Hanoi: una ciudad bulliciosa, caótica y divertida


El contraste de Vietnam con Tailandia es brutal. Pasamos de un país organizado, limpísimo y donde las cosas funcionan a uno donde parecen predominar la picaresca, el caos y la bulla... Nuestra primera impresión de Hanoi fue de una Palermo al cuadrado multiplicada por Nápoles. Las motos se van esquivando unas a otras y a los peatones cuando se lanzan a cruzar y, por una extraña ley de la supervivencia humana, el sistema funciona (sólo vimos un par de accidentes en dos semanas). Los conductores de autobuses y taxis conducen con la mano constantemente pegada al claxon (nos tocó viajar en un bus que casi nos dejó sordos, entre el conductor que no paraba de pitar y Teo que no dejaba de gritar). La arquitectura vietnamita es ecléctica aunque predominan casas delgadísimas de unos tres o cuatro pisos con un toque colonial francés y otro asiático. También se encuentran edificios enormes que parecen trasplantados de París y templos completamente diferentes a los de Tailandia y Laos. Se nota que estamos muy cerca de China. La comida de calle sigue siendo fantástica en variedad y calidad, bastante diferente de la Tai pero igualmente deliciosa. Y la gente come y bebe a todas horas, es increíble. Los puestos de calle, aunque menos limpios que en Tailandia, están siempre llenos. La gente se sienta sobre unos minúsculos taburetes alrededor de mesas bajitas para disfrutar de este momento social. Algunos toman el café vietnamita, con leche condensada, otros el omnipresente té, otros cerveza de barril, "bia hoi", que cuesta unos 30 céntimos de euro. Y comen pipas, muchas pipas. Que curioso, mientras en Europa sólo las comemos en los países de sur y del este, en el resto de mundo son bastante populares, pero no recuerdo haber visto comer tantas ni en Turquía, ni el Cáucaso, ni en Rusia ni en ningún otro país donde he estado.

Unos días en Hanoi nos dieron para recorrer las concurridas calles del barrio antiguo (esquivando motos y puestos callejeros), tomar unos cuantos cafés y unas cuantas cervezas (sobre todo yo), visitar algún que otro templo budista-confucianista (nos gustó el de la Literatura), asistir a un espectáculo de títeres de agua (originarios de la cultura de los arrozales), seguir la kilométrica fila que lleva ante Ho Chi Minh embalsamado (muy emotivo), probar la variada gastronomía del sur y del norte del país (no tengo palabras), disfrutar de un parque de atracciones para niños (sobre todo Teo), hacer algo de shopping (sobre todo Vinci) y empaparnos de la colorida vida capitalina (que urbanitas somos).

Después de Hanoi, pasamos una semana en la isla de Cat Ba, en la bahía de Lan Ha, prolongación de la famosa bahía de Ha Long e igual de impresionante pero menos concurrida. Además de un paseo en barco para recorrer los islotes de roca kárstica de Lan Ha y Ha Long, nos dedicamos a relajarnos y a planificar el resto del viaje. También celebramos el cumple de Teo en la isla (¡Yipiyeiiiii! como dice él). Comimos pastel de chocolate encargado en la panadería del pueblo (y tres velas que sopló a la primera) y pasamos el día en la playa donde nos bañamos a pesar del clima fresco, nebuloso y gris de estos días (casi no hemos visto el sol en dos semanas en el norte de Vietnam). En Cat Ba, vimos también el fuerte construido hace cincuenta años por los franceses y usado también durante la guerra del Vietnam así como un impresionante hospital-búnker secreto construido en una cueva, el parque nacional y algunos pueblos de la isla. Pero lo que más nos gustó fue ir a cenar a casa del taxista, que nos invitó para que Teo jugara con su hijo de tres años. Esto nos dio la rara oportunidad de compartir por unas horas la vida con una familia vietnamita puertas adentro, comiendo sobre una alfombra de bambú alrededor de una bandeja varios platos riquísimos, con el taxista, su mujer, su hija y su hijo.

De Cat Ba tomamos una combinación de barco y buses hasta la ciudad de Ninh Binh, cerca de lo que llaman la Ha Long de tierra, de la que nos habían hablado los franceses de Khao Yai. Situada en el delta del Río Rojo, está rodeada de arrozales (que no habíamos conseguido ver a gran escala todavía). Pasamos allá unas veinticuatro horas muy intensas, recorriendo la zona en moto con conductor ("xe om"): navegando por un río que desfila entre paredes y cuevas kársticas con remeros que usan los remos con los pies y muchos turistas locales de fin de semana, subiendo los quinientos escalones que llevan a un mirador donde se disfruta una vista impresionante sobre los arrozales y las colinas kársticas y viendo templos en el sitio de la antigua capital de Vietnam mil años atrás, donde Teo tuvo la oportunidad de montarse sobre un búfalo de agua (para la foto). Y de ahí vuelta a Hanoi por unos días.

Así transcurrieron nuestras dos semanas en el norte de Vietnam; el centro y el sur serán para la próxima. Ahora estamos a punto de tomar una serie de vuelos que en las próximas 39 horas nos llevarán de Hanoi a Bangkok, de Bangkok a Doha y de Doha a Roma, fin de trayecto.





 






























 








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